No hace falta decir adiós

Conocemos el proceso de duelo como el proceso de adaptación emocional que sigue a la pérdida de un ser querido, de una relación, un trabajo, etc. Esta respuesta emocional es acompañada de síntomas físicos, cognitivos y conductuales, que si se alargan en el tiempo puede producir lo que se conoce por duelo no resuelto o duelo patológico.

Muchos sabemos que el tratamiento de un duelo no resuelto consistiría en la aceptación de la situación en la que una persona vive sin ese ser que ya se fue. Pero hay ocasiones en las que se hace demasiado difícil decir adiós. Persistir en el trabajo del duelo orientado por un modelo normativo complicaría la situación aún más.

Guiado por la metáfora de ‘decir hola’, Michel White elabora y formula preguntas con la esperanza de ofrecer a estas personas la posibilidad de recuperar su relación con el ser amado y perdido. Se sorprendió del efecto que tuvieron estas preguntas para eliminar la sensación de depresión y vacío. Para ejemplificarlo, cito un ejemplo de su libro Introducción a la Terapia Narrativa.

John tenía 39 años cuando acudió a consultarme por “dificultades con su autoestima” (…) Tomando en cuenta la larga historia de rechazo de sí mismo que John experimentaba, le pedí más detalles sobre su vida. Me contó que había gozado de una infancia feliz hasta que sobrevino la muerte de su madre, cuando él tenía la tierna edad de siete años, justo antes de cumplir los ocho. Me dijo que durante un tiempo considerable, no podía creer que fuera verdad que su madre hubiera muerto, siempre esperaba verla aparecer de nuevo en cualquier momento. Luego sintió que tenía el corazón enteramente destrozado. Posteriormente el padre volvió a casarse con una buena persona “pero realmente las cosas nunca fueron de nuevo como antes”.

Le pregunté a John: “Si las cosas hubieran continuado siendo las mismas, si tu madre no hubiera muerto, ¿qué opinión tendrías ahora de ti mismo?”
Al llegar a este punto John comenzó a derramar lágrimas… “¿Pensaba que la madre le había faltado en su vida durante demasiado tiempo?” “¿Era realmente positivo que ella permaneciera ausente de la vida de su hijo?”
John pareció sorprendido y yo le pregunté si no le molestaría que le hiciera más preguntas. “No, está muy bien, sigue preguntando” me dijo. Entonces le hice las siguientes preguntas:

– ¿Qué veía tu madre en ti cuando te miraba con sus ojos llenos de amor?
– ¿Cómo sabía ella estas cosas de ti?
– ¿Qué rasgos, que cualidades tienes que pudieran decirle a ella algo sobre esto?
– ¿Qué puedes ver ahora en ti mismo que durante tantos años estuvo perdido para ti ?
– ¿Qué modificación sufrirían tus relaciones con los demás si llevaras contigo, en tu vida diaria, este conocimiento?
– ¿Esto haría que fuera más fácil para ti ser la persona que tú quieres ser, en vez de ser una persona para los demás?
– ¿Qué harías para comunicar a los otros esta nueva imagen de ti mismo como persona?
– ¿Hasta que punto el hecho de comunicar a otros esta nueva imagen de tu persona, te permitiría fortalecerte más?
– ¿De que manera esa experiencia de fortalecerte podría incidir en la relación que mantienes contigo mismo?

Vi a John en tres ocasiones más con intervalos de dos semanas y luego ocho meses después, lo vi para verificar cómo había evolucionado. Durante este tiempo. John había tomado varias medidas para mantener viva la “imagen” que su madre tenía de él y logró mantener una nueva relación consigo mismo, una relación en la que se aceptaba como persona en lugar de rechazarse. Y ya no se sentía vulnerable a esos hechos que solían empujarlo a concebir dudas sobre si mismo.

 

 

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